Wednesday, June 23, 2010

Pan de pueblo

Breadtown era una apacible aldea de gente afable y llena de vida. Como en muchas otras aldeas, era habitual ir a comprar el pan a alguna de las panaderías locales a diario. Se hacía buen pan, con sus hornos de leña de encina, y esto era apreciado por sus clientes de forma que en el pueblo había bastantes panaderías. Había negocio suficiente para todos y el gremio de los panaderos gozaba de un merecido prestigio.

Pero a nosotros nos interesa una panadería en particular. En una casa rústica cerca de la iglesia había una panadería regentada con buena mano por Soletilla y su familia. Hacían buen pan, como en el resto de las panaderías y había cierto consenso entre las gentes del pueblo, que consideraban a Soletilla una mujer bastante pulcra y afanosa. En definitiva, el local de Soletilla era tan apreciado con el resto de panaderías del pueblo y tenía suficientes clientes como para mantener dignamente a su familia.

Un aciago día, no se sabe por qué, alguien difundió el rumor de que en el obrador de Soletilla había una plaga de cucarachas. El rumor se extendió como la pólvora. Aquellos que lo escuchaban se quedaban extrañados, pues eran conscientes de la pulcritud de Soletilla. Pero esto no pudo evitar que la semilla de la duda germinase.

Póngase, querido lector, en el lugar de los ciudadanos de Breadtown. ¿Ignoraría el rumor, probablemente infundado, e iría usted a comprar a la tienda de Soletilla? ¿O, por el contrario, tomaría la fácil precaución de ir a comprar a cualquiera de las otras panaderías, donde el pan es tan bueno como el de Soletilla? No lo piense más, ya le digo yo lo que pasó: los clientes dejaron repentinamente de comprar en la panadería de Soletilla, sólo por precaución.

El primer día de pírricas ventas Soletilla pensó que la bajas ventas serían un hecho puntual, debido a cualquier causa sin importancia que ella desconocía. Pero cuando, por tres días, consecutivos tuvo que tirar la práctica totalidad del pan, se empezó a preocupar. Indagando, se enteró del rumor que corría por la aldea. No pudo ser más grande su sorpresa ante tamaña falsedad. No había ninguna plaga de cucarachas en su obrador, era completamente falso. Si acaso, alguna que otra cucaracha había aparecido de vez en cuando, pero como en cualquier otra panadería. Además ella siempre se afanaba en mantenerlo todo muy limpio y en tomar las medidas oportunas para mantener a cualquier bicho o alimaña lo más alejado posible de la panadería.

La primera reacción de Soletilla era de esperar: trato de convencer por activa o por pasiva a los habitantes del pueblo de que en su panadería no había ninguna plaga de cucarachas y de que todo era falso. "Claro, y qué va a decir ella", pensaron los habitantes del pueblo. Y todo siguió igual.

La desesperación de Soletilla fue en aumento. No sabía que hacer para defender el buen nombre de su panadería. Bajó los precios del pan, ofreció ofertas especiales. Pero no funcionó. Al fin y al cabo, no era un problema del precio o la calidad del pan.

Ya desesperada, se le ocurrió que tenía que dar garantías de que en su panadería no había cucarachas y para eso contrató a una empresa de fumigación. Hizo saber a todo el pueblo que no podía haber plaga de cucarachas, pues había hecho fumigar la panadería: los habitantes del pueblo podían estar tranquilos.

Pero esto no hizo más que justificar las dudas: "Si ha tenido que llamar a una empresa de fumigación es que algo habría", dijo un vecino. La confianza en Soletilla y su panadería continuó disminuyendo.

Y aquí se acaba el cuento. No desvelaré si finalmente Soletilla consiguió devolver la confianza a sus conciudadanos en su panadería, o por el contrario, se vio injustamente obligada a cerrar la panadería. Y es que ni yo lo sé.

Con este cuento, mi intención era describir la situación en la que se encuentra España en estos días. La panadería es España, Soletilla es el gobierno y las instituciones y los clientes son los gestores de inversiones (los que manejan las grandes cantidades de dinero). Alguien ha sembrado la duda sobre España, creemos que infundadamente y queremos convencerles de su falsedad. Pero cada paso que damos parece justificar aún más nuestra culpabilidad. Difícil coyuntura. Esperemos convencerles, de lo contrario tendremos que, injustamente, "cerrar el chiringuito".