Tuesday, December 14, 2010

El crecimiento ilimitado, la sostenibilidad y la felicidad

En los siguiente párrafos trataré de elaborar varias ideas sobre el funcionamiento actual de las sociedades, intentado determinar cuestiones de importancia que de algún modo frenan o frenarán la consecución de una sociedad más feliz y sostenible. Lo llevaré a cabo analizando las ideas expuestas por Julio García Camarero en el libro “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano”.

En esta obra, Julio García Camarero analiza los males que a su juicio asolan actualmente al mundo y propone como principal solución un decrecimiento de los países más desarrollados.

Antes de pasar a comentar la visión que García Camarero expone en este libro, me gustaría poner de relieve la orientación ideológica desde la que el autor realiza su análisis, ya que esta queda patente a lo largo de toda la obra. En el texto aparecen con cierta frecuencia referencias al marxismo y al concepto de plusvalía marxista, dejando traslucir la opinión positiva del autor sobre el marxismo. Para García Camarero, la esencia del marxismo fue traicionada en los diferentes intentos de llevarlo a la práctica que ha habido durante la historia, como es el caso de la antigua URSS y China. Sin embargo, se muestra esperanzado por el “socialismo del siglo XXI”, más democrático, con referencias a Ecuador, Venezuela y Bolivia.

En esta obra se da mucha importancia a la “batalla del lenguaje”. Cree el autor que en esta batalla semántica hay palabras como trabajo que han perdido cierto significado y por ello prefiere cualificarlas con adjetivos, y así por ejemplo prefiere referirse al trabajo-enajenado. Esta es una constante en toda la obra. Desde mi punto de vista esto supone alejarse en cierto modo de la objetividad, puesto que al adjetivar un nombre, esta impregnando inevitablemente a ese nombre de un juicio de valor particular. Con estas prácticas, la obra tiende al adoctrinamiento en lugar de funcionar como vehículo objetivo para la discusión y la reflexión, ya que se hace muy difícil distinguir cuáles son los hechos y cuáles son los juicios de valor que se establecen sobre esos hechos.

La tesis principal de García Camarero es que nos encontramos inmersos en un deteriorante crecimiento económico que genera “… el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, la explotación y el decrecimiento social del trabajador, con las finalidades de crecer más y lograr una mayor concentración de capitales en cada vez menos manos”. Dicho de modo más simplificado, el actual “crecentismo” no es sostenible y tampoco está aportando una mayor felicidad humana.

Son tres los tipos de crecimiento considerados: el "crecimiento financiero", considerado improductivo y por tanto descartable; el "crecimiento real antropocéntrico", promovido por el neoliberalismo y que considera que los recursos naturales son inacabables; y el "crecimiento real ecocéntrico", propio del pensamiento socialdemócrata, que considera que los recursos naturales son limitados pero que considera que basta con moderar el crecimiento para no agotarlos. Para el autor todos son descartables, ya que en su opinión es necesario un decrecimiento de los países desarrollados. Sin embargo, este decrecimiento no será necesario para los países en desarrollo, ya que se encuentran muy por debajo del límite de la huella ecológica de 1,8 hectáreas.

El autor cita las nueve necesidades humanas propuestas por Max-Neef (2006), que hacen feliz al hombre a medida que se satisfacen mediante los adecuados satisfactores. La necesidad de subsistencia es la única que requiere de bienes materiales, y esta es la única que está cubierta, y con creces, por el crecentismo. Pero este crecentismo está afectando de modo negativo al resto de necesidades que no se están satisfaciendo adecuadamente. Es por esto que el autor solicita fijarse más en nuevos índices más humanos, como el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, y decrecer mientras se crece en la satisfacción de otras necesidades humanas distintas de la subsistencia, consiguiendo a la vez la sostenibilidad.

Comparto con el autor la creencia de que el actual “crecentismo” más tarde o más temprano nos llevará a problemas medioambientales, y que por otro lado, llegados a ciertos niveles de producción que colman las necesidades de subsistencia razonablemente, no parece aumentar la felicidad humana e incluso podría estar disminuyéndola.

García Camarero indica que este decrecimiento se ha de conseguir evitando el consumo de “lo que está de moda”, de “lo que se lleva”, y de “lo que mola”; impidiendo el escalonamiento de la innovaciones realizadas por las compañías “con el único fin de que haya que consumir y producir una mayor cantidad de artefactos”; y por último suprimiendo la obsolescencia planificada, por la cual la duración de los artefactos es reducida intencionadamente para asegurar el consumo futuro de artefactos. El autor reconoce que estas medidas disminuirán fuertemente la producción, pero ello no aumentaría el desempleo pues “habrá que repartir cada vez menos horas de trabajo entre todos y así, precisamente, terminaremos con el desempleo”. La idea es que el mayor automatismo libere de horas de trabajo a los trabajadores, que de este modo tendrán un menor tiempo de “trabajo-enajenado”. También habrá de lograrse una estabilidad demográfica.

Con todo esto empezaremos a ponernos camino del decrecimiento feliz, que nos proporcionará más horas de recreación necesarias para un desarrollo de los nueve satisfactores humanos descritos por Manfred Max-Neef; y, por tanto, conseguiremos un verdadero desarrollo humano

Pero, ¿cuáles considera el autor que son las causas de este crecentismo? García Camarero no me parece muy claro en este punto. A lo largo de la obra se pueden encontrar alusiones al neoliberalismo o a los “fundamentalistas del mercado”, a las grandes corporaciones, al marketing salvaje, al comportamiento del individuo desinformado, a la “globalización gringa”, a la oligarquía del capital, a la obsolescencia planificada, etc.

Y es precisamente con este punto con el que más discrepo. Suena todo demasiado a teoría de la conspiración. Y no quiero pecar de ingenuo. Se perfectamente que hay intereses a menudo ocultos que presionan para su propio beneficio y que en muchas ocasiones no actúan éticamente. Como muestra basta lo destapado en estos días por Wikileaks. Pero me da la impresión de que García Camarero no ha conseguido determinar las verdaderas fuerzas que nos convierten en yonquis del crecimiento. Trataré de exponer a continuación mi opinión al respecto.

Una vez se establecen una reglas y límites implícitos o explícitos, acordados por la sociedad y aceptados como justos, el hombre, en ejercicio de su libertad tratará de mejorar. Ese deseo de mejora llevará a muchos de los hombres (más o menos emprendedores) a tratar de mejorar su posición relativa en la sociedad de un modo que se puede considerar justo, esto es, acatando las reglas establecidas. Mi tesis es que el crecimiento es algo que surge espontáneamente del comportamiento individual y en libertad del ser humano. Es decir, en cierto modo surge la competencia. Esta sería por tanto la fuente primaria del crecimiento. Con esto no quiero decir que no pueda existir la cooperación entre los hombres. Todo lo contrarío, la cooperación también es algo común en el comportamiento del ser humano. Ambas, la competencia y la cooperación han de subsistir al mismo tiempo y en un equilibrio razonable.

Pero que el crecimiento surja espontáneamente del ejercicio de la libertad no implica que este crecimiento deba ser insostenible. Esto, según el autor, me colocaría entre los que creen en un “crecimiento real ecocéntrico”, pero con matices. Primero, considero que para conseguir un verdadero desarrollo sostenible hay que dejar de aumentar el consumo total de recursos naturales. ¿Cómo puede entonces haber un crecimiento? Mediante el aumento de la calidad y no de la cantidad. Los países y sociedades pueden continuar creciendo siempre que usen las mismas cantidades de recursos y que estas sean las adecuadas. Ese crecimiento redundará en mejores productos y servicios sin dañar más el medio ambiente. Para poder llevar a la práctica esta idea hace falta investigar y desarrollar nuevos métodos de contabilidad nacional que permitan contabilizar tanto el crecimiento en cantidades como el crecimiento en calidades de modo efectivo.

Pero en mi opinión hay una segunda fuente secundaria por la cual los países desarrollados son adictos al crecimiento. Actualmente la fuente más importante de distribución de bienes y servicios es el empleo. Los empleados trabajan y por ello consiguen un salario, habitualmente su única fuente de ingresos, que les permite acceder a los productos. En esta situación, un aumento del desempleo provoca verdaderos dramas en una sociedad. En casos de crisis, cuando hay decrecimiento y, por tanto, crece el desempleo, se desarrolla una extrema presión de la sociedad sobre sus gobiernos para generar empleo. Y el gobierno sabe que la manera más eficiente conocida de generar empleo es crecer, más aún en el caso de economías abiertas en las que los empleados compiten directamente con otros países donde la mano de obra es más barata. Y para crecer hay que consumir. De ahí que se fuerce al consumismo con las herramientas de las que dispone: política monetaria y fiscal.

Si queremos desengancharnos de lo que el autor denomina “crecentismo” necesitamos alguna manera de mejorar la distribución en casos de decrecimiento o de crecimiento bajo. En esos casos, la necesidad de mano de obra decrece y el mercado laboral no se ajusta adecuadamente, pues tiende a crear paro en lugar de a bajar salarios y mantener a todos con trabajo. Por otro lado, un aumento del automatismo que hiciese menos necesaria la mano de obra sería mal vista por la sociedad, porque no implicaría una bajada general del trabajo necesario por todos, sino un mantenimiento de la jornada para unos empleados y el paro para los que ya no son necesarios. Sin embargo, el automatismo es algo deseable. Reduce la necesidad de mano de obra mientras que proporciona los mismos bienes, liberando al hombre para otras tareas, bien sean productivas o de ocio.

Por ello me parece necesaria la consecución de un mercado laboral y de ocio más dinámico. Mi propuesta es la siguiente: un impuesto lo suficientemente alto al trabajo cuya recaudación sea repartida entre los que están ociosos. Si hay mucha gente trabajando, la remuneración del ocio será alta y por tanto será más atractivo reducir la jornada laboral. Por el contrario, si hay poca gente trabajando, la remuneración del ocio será más baja y necesitarás trabajar para poder subsistir. Este sistema sería anticíclico. En las crisis la remuneración del ocio bajaría e incentivaría el trabajo. En el punto álgido del ciclo la remuneración del ocio aumentaría y se retendría algo el crecimiento. Pero la mayor ventaja del sistema sería la de permitir beneficiarnos del automatismo y liberarnos más horas de ocio, ya que no habría tanta necesidad de la “obsolescencia planificada”, lo cual nos permitiría un mayor desarrollo personal mediante un aumento de nuestras capacidades en el sentido definido por Amartya Sen.

Naturalmente lo anterior es utópico. En el mundo actual, donde los países son economías abiertas que practican la libre competencia, ningún país puede permitirse un sistema así. Si lo intentasen aisladamente sólo conseguirían un gran empobrecimiento ya que perderían competitividad exterior, y no podrían sostener el sistema.

Se podría argumentar que lo que hay que hacer es cerrarse al comercio exterior. Pero en ese caso nos empobreceríamos aún más. ¿Acaso estamos dispuestos a prescindir de la tecnología que proviene de Estados Unidos, Alemania, Japón, etc? ¿De sus manufacturas? No nos engañemos, el comercio internacional reporta muchos beneficios.

Pero entonces, ¿es que no hay ninguna manera de conseguirlo? Mi opinión es que tan sólo se podría conseguir mediante una política cooperativa entre los países, de modo que todos estableciesen de modo coordinado (cada uno al ritmo que le corresponda) ambas medidas: el nuevo mercado laboral y de ocio; y los límites al crecimiento en cantidades. Pero no veo que sea posible con la actual arquitectura política mundial. Creo que tenemos un importante déficit de sistemas de gobernanza globales que representen a todos los ciudadanos del mundo y que puedan establecer reglas generales y cooperativas, aún cuando alguna de ellas puede perjudicar la posición relativa de algún país. Probablemente sea una utopía, pero creo que una de las principales luchas que hemos de librar ha de ser la de lograr un especie de gobierno mundial democrático que tenga el poder de establecer límites a las desmesuras que se dan a nivel planetario. La Unión Europea podría ser vista como un primer experimento en este sentido.

En definitiva, creo que el ensayo de Julio García Camarero no tiene el enfoque adecuado. No analiza con precisión las causas del crecentismo y desvía la discusión de un camino que permita avances reales, aún cuando comparto con el autor la imposibilidad de un crecentismo ilimitado.

1 comment:

Compartiendo said...

Hola Iván:

En primer muchas gracias por elaborar una crítica tan interesante del libro de Camarero.

Sólo quiero realizar un apunte.

Cuando hablas sobre la semántica de las palabras, y el alejamiento de la objetividad, los juicios de valor al adjetivar un nombre, y el adoctrinamiento: creo que se debe tener en cuenta la manera de percibir la realidad y como la manejamos, quien construye las realidades y que representaciones compartidas definen el sentido de la realidad.


salud y alegría